Friday, July 3, 2009

Todos los niños de Venezuela conocen la historia de “El Jardinero de la viñeta” (General José Antonio Páez)



La siguiente anécdota sobre el General José Antonio Páez nos la refiere el escritor inglés Robert B. Cunninghame en su obra José Antonio Páez. En referencia a la honorabilidad del Centauro de los Llanos.

“… La quinta la viñeta era en aquellos días una casa de campo que se encontraba en las afueras de la ciudad. Hoy día está convertida en una escuela para niñas, y está situada en una calle vulgar, dentro de la ciudad. Un frondoso níspero da sombra a uno de los patios, y debió existir el día en que el Supremo Jefe diera el banquete en honor de mis antepasados, pues es de un tamaño enorme.

Todos los niños de Venezuela conocen la historia de “El Jardinero de la viñeta”. Historia en si curiosa y conmovedora, que muestra el carácter de Páez mejor que todo lo se ha escrito sobre él. El jardinero era un antiguo granadero español que había servido en la guerra de la Independencia con los Granaderos del Infante, uno de los cuerpos más selectos de España. Cuando veía a Páez malhumorado, solía esperarlo para atravesársele en el camino, y apuntándole con la manguera le decía en alta voz: “No me atropelle, mi General, porque le tiro”. Esta frase tenía para ambos un hondo significado.


Durante la guerra de la independencia, después de una refriega en la Mirrael, cerca de El Sombrero, pequeña población de los llanos, el regimiento de los Granaderos del Infante se retiraba hacia un bosque de palmeras, perseguido de cerca por Páez y su caballería. Lograron refugiarse entre los árboles, pero Páez, joven y bien montado, divisó a un hombre herido que luchando por seguir a sus compañeros, ya distantes unos cuatrocientos metros, trataba de ganar el bosque. El hombre era alto y aún lo parecía más por su alto chacò. Páez galopó hasta él y blandiendo su lanza en el aire le insto a que se rindiese.

El hombre que conocía a Páez de vista desde la batalla de Mucuritas, se negó, y apuntando a Páez con su mosquete, dijo con firmeza: “…No me atropella, mi General, porque le tiro…”, y diciendo esto iba arrimándose al bosque, siempre encañonando a Páez.


Páez se detuvo y mediante amenazas y promesas intentó hacerle cambiar de de idea. El granadero contesto en igual tono a la amenazas, mas siempre arrimándose cada vez más hacia el bosquecillo. Impresionado por su valentía, redoblaba Páez sus instancias y amenazas, pero seguía negándose 0bstinadamente el granadero.


Al fin logró ponerse a poca distancia del bosque, y al ver a Páez que se le escapaba, alzó la lanza, gritando: “Dispara y vete al infierno”, preparado para el ataque. El español, arrojando la pistola sobre él, dijo:

-¡Dispara¡ ¿Cómo disparo yo si mi pistola está vacía?


Los dos valientes se quedaron mirándose, y luego Páez, que desconfiaba, temiendo una trampa, le mandó levantar en alto la pistola y dejo caer el detonador sobre el cañón. Así lo hizo, comprobándose que estaba vacía la pistola. Luego, mostrándole la cartuchera y mochila, dijo el terco granadero:


-Vea mi General que ambas están vacías. No he comido nada durante dos días.


Sintió Páez admiración y compasión por este hombre desdichado y heroico, perdonándole la vida le insto a que cambiara de bando y se pasara a sus filas. El soldado se negó, y entonces Páez, a quien siempre impresionaba la valentía le preguntó:
-¿Qué puedo hacer por ti?
Y el otro contestó:
-Solo déjeme reunirme con mi regimiento.

Asintió Páez, y dando un saludo militar desapareció el soldado dentro del bosque.


De esa clase de hombres no puede decirse que salven su honor, pues nunca lo tienen en peligro.


Unas horas más tarde en otra escaramuza, Páez avisto al mismo soldado tenido en el suelo sin sentido, junto a un montón de cadáveres. Páez se apeó de su caballo y ordenó al médico que le vendase las heridas y que lo llevase a la retaguardia; en esto el hombre recobrò el sentido, y le dijo a Páez en voz muy queda:


-Si es que no voy al otro mundo, me quedaré con usted mientras tenga vida.


Cundo se recuperó Páez lo hizo jardinero de la viñeta, donde debió a menudo regalarle flores a mi abuela, y tal vez a la niñita que jugaba junto a ella en el jardín.

Nada revela mejor que esta simple historia al hombre valiente honorable y tierno.


Al llegar la hora de la despedida, Páez dio a mi abuelo dos caballos: Toni, de color crema y Caballero, castaño oscuro. Ambos murieron cargados de años en Cumberland…”

Tomado de Cunninghame Robert B. José Antonio Páez. Caracas: Italgrafica. Páginas 277-279

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