Wednesday, June 24, 2009

Sin la Logística llanera del General José Antonio Páez, no se da la Batalla de Carabobo. Parte I


En referencia a la Batalla de Carabobo, los diferentes historiadores, autores, y estudiosos la ven cada quien desde sus puntos de vista. Sin embargo hay que analizar los antecedentes anteriores a ella, para poder comprender el esfuerzo logístico del General José Antonio Páez para poder alimentar y sostener a la tropa que intervendría en la acción bélica de Carabobo. Al arrear desde las sabanas de Apure para tales efectos cuatro mil reses, dos mil caballos de reserva y cientos de miles de arroba de maíz.


Es el escritor Robert Cunninghame Gran, quien nos deleita con su narración respecto de la maniobra ejecutada por el Centauro de los Llanos. Escrito este tomado de su obra José Antonio Páez, publicada en Londres en 1929.

CAPILUTLO XIV
El año de 1821 fue el más memorable en la prolongada lucha contra España.


La ocupación de Maracaibo por las tropas del General Urdaneta motivo una protesta por parte de los realistas, a lo que contestó Bolívar rompiendo el armisticio. Ambos bandos estaban preparados para reanudar las hostilidades y ambos se daban cuenta de que la suerte de Venezuela sería decidida en la campaña inminente. La reanudación de las hostilidades le fue impuesta a Bolívar, pues sus fuerzas acampadas en los llanos se encontraban agobiadas por el hambre y las enfermedades.


“es mi deber hacer la paz o pelear”, dijo, y como no había posibilidad de paz en esas circunstancias, comenzó al momento la campaña.


Las fuerzas españolas para esa época contaban unos quince mil hombres, pero estaban dispersas a través de todo el territorio. Su Comandante era el General Latorre, el mismo que en la conferencia propusiera ir a las regiones infernales para perseguir a todos los tiranos. Aunque competente como jefe, La Torre era inferior a Morillo, tanto en experiencia como en ingenio. Tenía su cuartel general en San Carlos, no muy distante de la ciudad de Valencia. Con él se encontraba el grueso de la infantería. La caballería, bajo el mando del General Morales, estaba estacionada en Calabozo, capital del estado Guárico. Por su parte, los patriotas tampoco permanecían ociosos.


Páez recibió órdenes de Bolívar de reunirse con él en su cuartel general en Guanare junto con todas las tropas que tuviera a su mando. Emprendió la marcha el 10 de mayo de 1821 con mil soldados de infantería y mil quinientos de caballería, llevando una reserva de dos mil caballos y cuatro mil reses.


Nadie que no haya llevado grandes manadas de caballos semiferinos o ganado semisalvaje por las llanuras puede tener la menor idea de la enorme dificultad de la tarea. Los animales no pueden ser llevados rápidamente, pues pierden su condición y se desmandan. Tienen que detenerse y pacer a intervalos y abrevar en sitios convenientes, pues los saltos abruptos de agua o los charcos fangosos son peligrosos para ellos. En todas estas ocasiones, los primeros dos o tres días existe la posibilidad de que haya una estampida.

Los peones vigilantes cabalgan bajo el sol que quema, la lluvia o el viento helado, sin perder de vista a la manada. No deben de gritar, agitar látigos ni ponchos, y han de evitar sobre todo el poner a sus caballos en súbito galope. Por la noche no deben encender cerillas, pues su llama podría alarmar al rebaño, y la alarma pronto se torna en fuga. Para hablar con un camarada, no hay que llamarlo, sino cabalgar hasta encontrarse a su lado y casi murmurar a su oído.


Los que duermen en torno a fuego de campamento deben mantenerlo mortecino, y no arrojar nunca a las llamas maderas verdes o ramas con hojas, pues crujirían y producirían combustiones súbitas, y entonces la manada, con un fuerte bufido, se pierde en la noche.


Cuando hay estampida los vigilantes de la manada deben de cabalgar como locos, con peligro de su vida, pues a veces montan caballos a media doma que apenas conocen el bocado. Por muy accidentado que sea el terreno u oscura la noche, han de avanzar agitando sus ponchos y látigos, gritando con todas sus fuerzas, echados sobre el cuello del caballo y esforzándose en desviar a los que van primero para así contener la estampida. Los caballos saltan en la oscuridad como los corceles de las valquirias, y a la luz de la luna tensan sus nervios bajo el látigo y la espuela.

Si un hombre cae delante del rebaño fugitivo, tiene muy poca oportunidad de volver a levantarse nunca después de que miles de cabezas de ganado han pasado sobre su cuerpo, demasiado enloquecidos con la excitación de su salvaje galope para ver nada. Si al fin a fuerza de duro cabalgar, se detiene la fuga, los jinetes rodean lentamente la horda de animales, alzándose de su grupo un melancólico canto que parece tener un efecto maravilloso para calmarlos. En cualquier momento pueden echar a correr de nuevo pero si empiezan a girar en círculo, fenómeno que los ganaderos llaman “miling”, no huirán otra vez, por lo menos la misma noche

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