Thursday, May 21, 2009

Viajes por el interior de Colombia una visión del General J. A. Páez


El coronel J. P. Hamilton fue nombrado por el Foreing Office ingles en 1823, como agente confidencial de S.M. Británica ante el Gobierno de Colombia hasta 1824. Para ser nombrado posteriormente como Ministro Plenipotenciario por lo que fue un testigo de excepción de la Colombia independentista.


El Coronel J. P. Hamilton, Recorriendo las diferentes provincias de Colombia tomando nota y haciendo observaciones para dejar plasmada sus experiencia en una obra titulada Travels Through the Provinces of Colombia. En la que le dedica varias páginas de su obra al General José Antonio Páez. La siguiente narración sobre el Leon de Payara es la visión del Ministro Plenipotenciario de la Gran Bretaña en Colombia:


“...Ninguna de las tropas se había distinguido tanto entre los nativos colombianos durante la larga guerra sanguinaria mantenida entre Bolívar y Morillo como la caballería desordenada -cosacos sería tal vez el término más apropiado de las llanuras del Apure, que están cruzadas por el río del misino nombre actividad personal, excelente equitación y notable habilidad en el empleo de las largas lanzas, llegaron a constituir al fin completo pavor y miedo entre las tropas españolas, especialmente entre la caballería...”


“...Estos hombres estaban acostumbrados desde su juventud a llevar una vida errante, siempre a caballo y cuidando grandes hatos de ganado en estado casi salvaje, que se alimenta en estas inmensas llanuras y al igual que la gente que vive en las inmensas pampas o dehesas de Buenos Aires, se hallan frecuentemente expuestos a privaciones. El llanero tiene pocas necesidades; puede vivir durante varios meses alimentándose de carne de ternera fresca, que le proporciona en todo momento su lazo; él corta la carne en trozos y la asa sin sal. Si algún caballo se cansa, pronto consigue otro de la manada suelta que se cría en las sabanas...”


“...Sus armas y avíos constan de una larga lanza, algunas veces una pistola en un cinturón de cuero y un freno fuerte de hierro para su caballo, pues no tiene silla, un sombrero de paja adornado con una escarapela y unas cuantas plumas de guacamayo y loro verde, una ruana delgada, calzones azules y un par de espuelas de acero grandes de rodaja y sandalias hechas de cortezas de árbol, para proteger los pies, y por último, pero no de menos importancia en estas inmensas llanuras, su lazo para enlazar el ganado...”

“... Un notable regimiento de espléndidos húsares españoles, bautizado con el nombre del amado Fernando "los húsares de Fernando Séptimo", quedó casi destruido por estos cosacos de las llanuras del Apure. Esto se debió en gran parte a que estos húsares estaban abrumados de armas y equipo, cada uno portaba una lanza, espada, carabina y un par de pistolas, con todos los arreos y uniforme de un húsar húngaro, que estaban muy mal preparados para una campaña en un clima tropical. Los llaneros al cargar contra el enemigo, ponían la cabeza y el cuerpo sobre la nuca del caballo, llevaban las lanzas en posición horizontal, en la mano derecha casi a la altura de la rodilla. Los húsares de Fernando se veían obligados a cortarles la cola a sus caballos, como las de los de las diligencias en Inglaterra, y algunas veces les dejaban simplemente un pequeño muñón sin pelo, pues los llaneros en muchas ocasiones habían galopado hacia un húsar y lo desmontaban al instante agarrando al caballo por la larga cola, arrojándolos de lado por la sacudida repentina y después remataban al jinete en el suelo...”


“...Los llaneros estaban comandados por el valeroso general Páez, actualmente gobernador de la provincia de Caracas; unos cuantos soldados de los más viejos formaban generalmente la guardia de Bolívar. Un oficial de Bogotá, edecán de Páez me relató su historia, que era bastante extraordinaria. El general Páez era hijo de un pequeño comerciante de la provincia de Valencia, y en una ocasión, cuando aún no tenía diecisiete o dieciocho años de edad, fue enviado por su padre con unos cuantos centenares de duros españoles para el pago de algunas mercancías...”

“... El se montó a caballo y tuvo la precaución de ir armado con un par de pistolas. En el camino se vio atacado por dos ladrones, también a caballo; de repente sacó su pistola, declarando que le dispararía al primer hombre que se atreviera a ponerle las manos Esta amenaza la puso inmediatamente en ejecución en uno de los rufianes que intentaba apuñalearlo. El otro ladrón, al ver caer a su compañero, huyó. Páez se alarmó mucho por haber matado al ladrón, resolvió no regresar al hogar y abandonó el país...”


“...Poco tiempo después se contrató como sirviente en casa de un noble, que tenía grandes propiedades de tierra en Caracas. En esta colocación él se manejó tan bien, que gradualmente se captó la entera confianza de su amo y se hizo mayordomo o administrador y estaba en este cargo al estallar la guerra civil; él cobijó entonces la causa de la independencia y por su intrepidez, juicio, y el celo que desplegó en todas ocasiones, pronto llegó a ser el gran favorito de Bolívar y rápidamente elevado al rango de general...”


“...El general Páez es casi como el Blucher del ejército colombiano, especialmente entre sus cosacos de las llanuras del Apure, quienes tenían la mayor confianza en él como caudillo y partidario. El general en una carga estaba comúnmente entre las primeras filas contra el enemigo y como era un jinete admirable, muy hábil en el manejo de la lanza como en el lanzamiento del lazo, y aun cuando no era alto, era notablemente fuerte...”

“...Su lanza en la mayor parte de las ocasiones causó estragos entre los españoles a quienes nunca perdonó, a causa de sus crueldades para con los criollos. Como puede muy bien suponerse, la educación del general Páez no había sido muy esmerada; tenía mucho de la rudeza y modales incultos del soldado raso; pero desde su nombramiento para el alto comando que tenía en la actualidad, oí decir que tuvo grandes dificultades consigo mismo. El ahora hablaba bien francés y un poco de inglés. Tenía mal carácter, pero su corazón era de temperamento ardiente; era muy generoso y como todos sus paisanos le gustaba vestir bien...”


“...Me contaron dos o tres anécdotas de Páez, que definen el carácter del individuo. En una ocasión él pilló en una escaramuza a un mayor español de caballería que se defendió con coraje, pero cuando el general estaba a punto de arrojarle la lanza, exclamó: "Oh, general, si usted hubiera estado tan mal montado como yo, le hubiera vencido". A lo cual repuso el general: "Cambiaremos caballos y renovaremos el combate". Esto fue aceptado por el mayor, quien tan pronto como se encontró montado en el caballo del general, salió galopando a toda velocidad, perseguido por su enemigo, el cual al ver que perdía terreno en el caballo del mayor, le arrojó el lazo, enlazó al mayor y lo derribó de la montura; pero el general pensó que esto no era un lance equitativo y como su enemigo se había defendido bien en el primer encuentro, le dio cuartel, favor que raramente concedía el general a sus lanceros...”


“...En otra ocasión, poco después de la llegada de Morillo a Colombia, uno de sus hombres le trajo prisionero a uno de los húsares de Fernando Séptimo. Ellos usaban largas barbas para despertar pavor. Páez interrogó en tono airado, por qué le habían dado cuartel. A lo cual repuso el llanero, "Que él estaba siempre dispuesto a matar a los soldados españoles, pero su conciencia no le permitía rematar a un fraile capuchino" -señalando las barbas largas del húsar-. A lo cual Páez riendo, le explicó a su lancero que no eran frailes sino soldados corrientes de caballería y deseando que en lo futuro no le trajeran ningún fraile capuchino. Sin embargo, él le perdonó la vida al húsar, el cual entró al servicio de Colombia...”


“...Antes de partir de Colombia, el general Páez había sido elegido senador; es posible que él no gane tantos laureles en el senado como los que conquistó en las llanuras del Apure contra los españoles...”

Tomado de:
Hamilton, John Potter. Viajes por el interior de las Provincias de Colombia. Bogotá: Ediciones del Banco de la Republica 1970, Tomo I, págs. 98-100


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