Thursday, March 1, 2012

Ambientes llaneros en 1848

http://www.diarioeltiempo.com.ve/V3_Secciones/index.php?id=39012012&_Proc=Desp


Tomado de:

Juan de Dios Sánchez - Emprender un viaje por los caminos de los llanos venezolanos en la época posterior a la Guerra de la Emancipación era una experiencia terrible pero llena de vivencias y realidades que forman parte de lo esencial de la vida de la zona y de la nación. Veamos primero los paisajes para el viajero que viniera de Europa o de la Nueva Granada e incluso de Caracas y que se dirigiera llano adentro, era una mezcla de alucinación o delirio y de un insistente ilusionismo, ambas desbordados, ambos incontrolables.

Así las cosas oye hablar y aunque entiende lo que se dicen siente que ese no el español que hablaba en las ciudades, de repente ve que se hacen cosas, que se acostumbran cosas que no existen donde él vive o viene y hay un código de moral que es único y que depende de la voluntad por ejemplo del General José Antonio Páez, jefe de los llaneros en los años inmediatamente anteriores y líder sin lugar a dudas de la guerra libertadora llevada adelante en los llanos.

Ayer, en 1823, Páez salía del mar en Puerto Cabello para liquidar el proceso de la guerra en la que se había hecho inmortal a la cabeza de sus centauros, los ascendientes de los mismos llaneros que vivían en las ásperas inmensidades llaneras, perdidos en tierras heridas o muertas, durmiendo cerca de culebras, de fieras. Soportando los mismos peligros siempre, toda la vida huyéndole a la candela o a la sequía o esquivando las crecidas aguas de los ríos que se llevan los pocos animales domésticos y los ranchos enclenques en los que viven. La vida de los llaneros, imposible de ignorar cuando se llega a los pequeños y tristes pueblos o cuando se tropieza con un rancho en medio de la sabana, está lejos de la paz, de la calma. Es vida de angustia, entre la vida y la muerte que sólo deja abierto el camino de galopar, jinete de los caminos insondables, de día y de noche, huyéndole a algo que lleva impreso en el alma.-

Dura es la vida de los niños y de las mujeres de los hombres y de los animales en aquellos llanos de 1848 que recorren con prisa, con angustia cada vez más intensas, los viajeros. Hubo otras expectativas pero es engañoso el verde luminoso de los esteros o las lejanas visiones de las llanuras siempre horizontales. Pudo ser mejor, mucho mejor de lo que fue el llegar a pernoctar en aquellas casas que se mostraban grandes, hermosas, amobladas, de amplias habitaciones en las que dormir era imposible por el olor, el comer y la presencia de los murciélagos que la llenaban aunque quizá era también, imposible mejorar la comida que, siguiendo una costumbre de siglos, era de carne asada de becerro o de vaca, cachicamos, morrocoyes y el llamado cochino de monte, servidos en anchas hojas de plátanos que actuaban como platos y colocados en gruesos troncos de bambú atados por bejucos que , sombreados por árboles enormes, hacían olvidar las penurias.

Así era el ambiente llanero: inmensidades vacías, escalofriantes, enormes; una raza que lucha sin cuartel y una gran esperanza de poder algún día, en cualquier tiempo que venga, vivir en armonía con aquel poderoso paisaje llanero al que queremos con pasión y fuerza.

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