Sunday, September 13, 2009

Los Primeros Días de la Noche (José Antonio Páez)

Tomado de:
http://literanova.eduardocasanova.com/index.php/2009/09/13/los-primeros-dias-de-la-noche

(Venezuela después de la Independencia)
Los Primeros Días de la Noche

¿Qué pasó en Venezuela después de muertos Miranda, Bolívar y Sucre? Casi habría que decir que también murió y sólo quedan sus restos. Pero no es verdad. Muertos sus grandes, el país quedó en poder de los –quizás– menos grandes, cuyas pequeñas ambiciones eran enormes, pero también habitado por gentes buenas con pésimos gobiernos, que han sido, por desgracia, la regla y no la excepción. A un hombre de importancia mundial se le ha atribuido una opinión atroz sobre Venezuela: cuenta Eduardo Carreño en su libro Vida anecdótica de venezolanos (Segunda Edición Aumentada y Corregida. Prólogo de S. Key-Ayala, Caracas, 1947) que Otto von Bismarck habría dicho que Venezuela es el país más sólido del mundo, puesto que con los peores gobiernos imaginables ha resistido todo lo que ha resistido y existe aún.

Antonio Arráiz, en varios textos recopilados por Néstor Tablante y Garrido en el libro Los días de la ira, las Guerras Civiles en Venezuela, 1830-190 (Vadell Hermanos Editores, Valencia, Venezuela, 1991), presenta un cuadro espeluznante: entre el 1º de enero de 1830 y el 31 de diciembre de 1903 Venezuela padeció 39 revoluciones, a las que hay que sumar las cinco que se produjeron después de 1903; lo que implica que hasta la fecha hemos sufrido por lo menos cuarenta y cuatro sacudones, cuando uno solo basta para descoyuntar cualquier país.


Hubo, en ese mismo período (1830-1903), siete años en los que se combatió todos y cada uno de los días de Sol, de lluvia, de viento y de calma atmosférica. A ello debe sumarse que durante la Guerra de Independencia, también según Arráiz, las bajas venezolanas (200.000 personas) representaron nada menos que un veinticinco por ciento (25%) de toda la población, lo cual se hace más dramático si se piensa que la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas sólo tuvieron un costo, para Francia, del uno por ciento (1%) de sus habitantes.


Son absolutamente incalculables los costos en vidas y en recursos de esos noventa y un años de violencia casi continua (1812-1903), en los que apenas se vivieron unos pocos días de sueño, seguidos por los interminables años, no días, de ira, de pesadilla, de agonía, de tormenta que no cesa.


Arráiz asoma unas cifras, pero reconoce que es imposible llegar a saber lo que pasó. Porque ocurrió demasiado. Hubo demasiadas muertes, demasiadas pérdidas, demasiados daños. Y los hay aún. Porque a ese tiempo de violencia abierta siguió otro de violencia larvada, en la que los caudillos se quedaron quietos porque el poder los obligó a no moverse so pena de perder la cabeza.


Y luego de ése, las cosas parecían bien encaminadas, pero un golpe de estado (1945), aunque llevó al país por vez primera a la verdadera democracia, indirectamente las desvió de nuevo hacia una dictadura (1948-1958), tras la cual hubo un paréntesis de sensatez, que fue interrumpido en 1998 cuando un grupo de aventureros metió al país en un torbellino de violencia mezclada con ineptitud, que recuerda los tiempos de Boves, antes del triunfo de la Independencia.


José Antonio Páez, un caudillo necesario para la Independencia, se convirtió en el verdadero creador de la Venezuela actual. El primero de los “cuatro ases” que señaló en sus últimos tiempos Francisco Herrera Luque. Nació el 13 de julio de 1790 en un lugar que no aparece en los mapas, Curpa. Hoy es zona urbana entre las ciudades unidas de Acarigua y Araure, en el estado Portuguesa, al pie de los Andes o en el comienzo, desde Occidente, de los Llanos.


Su vida fue azarosa e interesantísima, y terminó convertido en el sustituto del Taita Boves, el más sanguinario de los realistas, con la ventaja para Venezuela de que Páez siempre fue republicano. Fue uno de los destructores de la Colombia de Miranda y de Bolívar, y hasta que fue repudiado, cuando empezaba la Guerra Federal, fue el hombre más influyente del país.


Lamentablemente, le tocó destruir el sueño de Miranda, ese sueño que, Bolívar trató de hacer suyo. Y su propio porvenir. Ese último proceso se materializó con la reunión del Congreso por él convocado en la ciudad de Valencia, en donde se había radicado luego de abandonar a su legítima esposa, Dominga Ortiz, para amancebarse con la joven apureña Barbarita Nieves, la barragana que lo puso a cantar dúos y, junto con Miguel Peña, lo llevó por esos caminos que imponía, por desgracia para todos, la realidad.

En mayo de 1830, mediante un “Congreso Constituyente”, Páez hizo nacer lo que hoy conocemos como Venezuela. No se trataba, como puede pensarse, de un cambio de régimen. Páez venía controlando el aparato político-militar venezolano desde Carabobo. La asamblea de San Francisco (noviembre del 29) lo proclamó Jefe Superior Civil y Militar de Venezuela, y el 13 de enero constituyó su gobierno con Miguel Peña como Secretario de Interior, Justicia y Policía, Diego Bautista Urbaneja de Hacienda y Relaciones Exteriores y Carlos Soublette en Guerra y Marina.


Al instalarse el Congreso los tres renunciaron para ser diputados. Corrían rumores de que Colombia y Venezuela entrarían en guerra. Páez, por supuesto, fue nombrado por aquel dócil Congreso, en el que había apenas dos o tres emboscados, presidente provisional de la república, contra lo cual se alzaron Julián Infante y José María Bustillos en Orituco y Río Chico en un intento por restaurar la integridad de la Colombia de Bolívar.


Empezaba la violencia. Páez y los suyos recibieron a fines del 30 la noticia de que Bolívar, a quien ellos quisieron expulsar del continente, se había ido del planeta desilusionado de todos ellos, y hasta asqueado. En enero de 1831 ya la violencia era un hecho. Muchos caudillos de Oriente se alzaron, unos con la idea de volverse a unir a Colombia, otros con la de dividir aún más el país, creando otra república en lo que hasta 1777 fue la provincia de Cumaná.


José Gregorio Monagas atrajo a su hermano José Tadeo a una mezcla de las dos tendencias y empezó así la rivalidad de los Monagas con Páez, que el 24 de marzo de ese año fue nombrado presidente constitucional de Venezuela. Recurrió Páez a Santiago Mariño, lo nombró ministro de Guerra y lo envió a dominar a los Monagas. También apeló a la enemistad de Mariño con José Francisco Bermúdez, a quien dio mando, y ocurrió lo inevitable: Mariño, que ya tenía un viejo prontuario de alzamientos, buscó a los alzados hasta y se hizo nombrar gobernador en jefe del Estado de Oriente (creado por José Tadeo Monagas) por una “Junta de Vecinos” en Barcelona, por lo cual el Congreso paecista lo destituyó de su cargo de ministro de Guerra.


Páez fue en persona a Oriente y José Tadeo Monagas, que prudentemente se había puesto como segundo de Mariño, aceptó la propuesta de Páez de evitar un baño de sangre y se acogió, a la amnistía, decretada el 23 de junio de 1831 desde Valle de la Pascua, junto con los principales cabecillas de aquel incomprensible intento que buscaba a la vez lo pequeño y lo grande. Páez había ganado una primera escaramuza.


Pero los alzamientos y los disturbios seguían. Bermúdez, a pesar de que la hoguera parecía apagada, volvió en julio del 31 a promover la idea de separar Oriente de Venezuela. En diciembre murió asesinado, en lo que el propio Páez reconoce que “produjo gran indignación entre los militares, que lo atribuyeron á una manifestación de odio hacia ellos.”

Mucho será lo que le quite la tranquilidad a Páez a lo largo de su vida política, pero muchas también serán sus victorias. El alzamiento de Cayetano Gavante, dominado y preso pero liberado por su hermano Guillén, las nuevas amenazas que llegan de Oriente. Etcétera. Que se compensan con varios logros, entre los que está la simpatía que le profesan los antiguos realistas, como Feliciano Montenegro y Colón, que se convierte en educador de sus hijos. De hecho, Páez gozó del apoyo de la inmensa mayoría de los venezolanos.


La paz que sigue a las tormentas tuvo un claro efecto benéfico sobre este primer gobierno de José Antonio Páez. Es evidente que la sociedad quería con toda su fuerza esa paz e hizo todo cuanto pudo por rechazar la violencia. La prueba está en que, conscientemente, fue un civil el escogido para suceder a Páez. Y a Páez lo honra el que, aun cuando quería que lo sucediera Carlos Soublette, militar de pocas habilidades castrenses, pero militar al fin, entregó muy civilizadamente el poder a José María Vargas. Aunque hay quien afirma que lo hizo apostando a su fracaso, y seguro de que lo llamarían otra vez como salvador de la patria. Y entonces eso de “patriota” podía tener sus connotaciones de oportunista. Como siempre.

Pero, sea lo que sea, a Páez hay que reconocerle muchos méritos. Su primer gobierno, dadas las circunstancias, fue definitivamente bueno. Hubo seriedad hubo respeto y, sobre todo, una demostrable vocación por hacer las cosas en la mejor forma posible, lo cual no se vería con demasiada frecuencia en tiempos posteriores.

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